Cada vez son más las investigaciones que se centran en lo que ocurre en nuestro cerebro y nuestro cuerpo durante la acupuntura. Un análisis reciente de diversos estudios clínicos realizados en personas con depresión reveló cambios en áreas del cerebro relacionadas, entre otras cosas, con las emociones y el sistema de recompensa. Se trata de una investigación interesante, aunque se necesitan estudios más amplios y de mayor duración para comprender mejor qué significan estos hallazgos.
Pero, para mí, no es necesario que todo lo que experimentamos como seres humanos tenga una explicación científica para que tenga valor.
También existe una sabiduría ancestral del cuerpo.
Mucho antes de que pudiéramos realizar escáneres cerebrales, la gente ya trabajaba con el tacto, la respiración, las hierbas, el movimiento, el silencio, los rituales y la energía. No por la necesidad de medirlo o demostrarlo todo, sino a partir de la experiencia, la observación y una profunda conexión con el cuerpo y la naturaleza.
Ese es un mundo que, para mí, tiene su propio valor.
Cuando recibimos trabajo corporal, respiramos conscientemente o nos quedamos realmente en silencio, a veces podemos experimentar cosas para las que las palabras no bastan. Podemos sentir cómo la tensión se suaviza. Pueden aflorar emociones. Puede surgir espacio. A veces surge una comprensión sin que la hayamos buscado.
No todo tiene que analizarse de inmediato.
A veces podemos simplemente experimentar lo que ocurre.
Nos hemos acostumbrado tanto a buscar respuestas en nuestra mente. Hablar. Comprender. Explicar. Resolver.
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Pero nuestro cuerpo habla otro idioma.
Habla a través de sensaciones.
A través de la respiración.
A través de la tensión y la relajación.
A través del movimiento.
A través del tacto.
A través de ese saber interior silencioso que no siempre cabe en palabras.
Y precisamente ahí es donde, en mi opinión, debemos volver a prestar atención.
No porque la ciencia nos diga que debemos hacerlo.
Sino porque el ser humano lleva mucho tiempo experimentándolo.
Quizá no tengamos que demostrarlo todo antes de poder escucharlo.
Quizá podamos volver a sentir curiosidad por nuestra propia experiencia, por nuestra fuerza vital y por la sabiduría que surge cuando estamos realmente presentes en nuestro cuerpo.
No todo lo que tiene valor necesita una explicación.
Algunas cosas pueden sentirse, vivirse y experimentarse.
Y quizá ahí comience el recuerdo de algo que nunca hemos perdido realmente:
la conexión con nuestro propio cuerpo, nuestra propia energía y nuestra propia sabiduría interior.



