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El agua como espejo de nuestros orígenes: recordar, honrar y renacer

Hoy ha ocurrido algo especial.

Nos hemos reunido como mujeres, cada una con su propia historia, su propio camino, su propia fuerza y su propia vulnerabilidad. Y, poco a poco, en el centro de nuestro círculo se fue creando un espacio en el que todo era bienvenido.

Juntas construimos nuestro altar. Las flores, los colores, los aromas y los distintos elementos encontraron su lugar. En el centro surgió nuestra geometría sagrada y allí, en el corazón del círculo, estaba el agua.

El agua como centro. El agua como conexión. El agua como espejo de nuestros orígenes.

Los sonidos de los cuencos llenaron el espacio y se mezclaron con los armoniosos sonidos de los delfines, las ballenas y las orcas. Sonidos que nos invitaban a pensar menos y a sentir más profundamente. A escuchar lo que había más allá de las palabras.

Entre aromas, sabores, colores y sonidos surgió algo que no se puede describir por completo con palabras. Hubo lágrimas y hubo sonrisas. Hubo fuerza y hubo dulzura. Hubo dolor, tristeza, reconocimiento, alegría y liberación. No había que reprimir nada. Todo lo que quisiera mostrarse podía encontrar su lugar.

Y quizá fue precisamente ahí donde surgió la magia: al permitir lo que realmente era.

No solo nos encontramos con el elemento agua fuera de nosotros mismos. Con él regresamos a una capa muy primigenia de nuestra existencia. Incluso antes de que nuestros pies pudieran sentir la tierra y antes de que nuestros pulmones respiraran el aire exterior por primera vez, en el útero estábamos rodeados de líquido amniótico.

Nuestra primera agua. Nuestro primer entorno líquido.

Desde nuestra perspectiva, esta agua se convirtió hoy en un espejo. Una invitación a recordar de dónde venimos, qué nos ha sostenido y en quiénes nos estamos convirtiendo hoy.

El agua nos recuerda lo que es recibir. Lo que es ser sostenidas. La suavidad, el movimiento, la confianza y la entrega. También nos muestra dónde nos hemos aferrado, dónde hemos aprendido a tener que ser fuertes, dónde la vida se volvió dura y dónde quizá hayamos olvidado que no siempre tenemos que nadar contra corriente.

También podemos fluir.

Podemos suavizarnos.

Podemos recibir.

Podemos dejarnos llevar de nuevo.

En este círculo también surgió un espacio para sentir y reconocer simbólicamente nuestra línea ancestral femenina. Las mujeres que nos precedieron. Madres, abuelas, bisabuelas y todas las mujeres que vinieron antes que ellas, cada una con su propia historia, su propia alegría, pérdida, fuerza, sueños y silencios.

La vida no comenzó con nosotras.

Fluyó a través de muchas generaciones antes de llegar hasta nosotras.

Hoy hemos podido detenernos un momento a reflexionar sobre ello. No para cargar con todo el peso de nuestras antepasadas, sino para reconocer:

Veo de dónde vengo. Honro la vida que ha llegado hasta mí. Honro a las mujeres que me precedieron. Lo que es de vosotras, lo dejo con amor y respeto en vuestras manos. Lo que es mío, lo acepto. Y desde este lugar me doy permiso para vivir mi propia vida.

Y entonces pudimos también encontrarnos de otra manera.

No como mujeres que tienen que compararse o competir entre sí. No preguntándonos quién es más fuerte, más guapa, ha llegado más lejos o es mejor. Sino mirándonos realmente unas a otras.

De mujer a mujer.

De corazón a corazón.

En los ojos de la otra mujer pudimos reconocer algo de nosotras mismas. Quizá algo de nuestra madre. Quizá algo de una abuela o de una antepasada lejana. Quizá una fuerza que nosotras mismas habíamos olvidado.

La otra mujer no se convirtió en una rival, sino en un espejo.

Tu fuerza no tiene por qué restarme nada a mí.

Tu belleza no resta valor a la mía.

Tu luz no tiene por qué apagar la mía.

Cuando tú creces, algo en mí recuerda que yo también puedo crecer.

Ahí surge la comunidad. Ahí surge la hermandad. Ahí surge otra forma de ser mujeres juntas.

Hoy no solo hemos recordado de dónde venimos, sino también hacia dónde queremos ir: hacia una mayor conexión, una mayor conciencia, una mayor dulzura y más espacio para ser realmente nosotras mismas.

Los elementos naturales nos guían en ello como hermosos espejos. La tierra nos recuerda nuestras raíces y nuestra fortaleza. El agua nos enseña a fluir y a suavizarnos. El aire nos aporta aliento y espacio. El fuego nos recuerda nuestra fuerza vital y nuestra capacidad de transformación.

Hoy ha hablado el agua.

No con palabras, sino a través de nuestra experiencia.

A través del altar. A través de las flores. A través de la geometría sagrada que formamos juntos. A través de los sonidos de los cuencos. A través de los sonidos del océano y sus animales. A través de nuestros cuerpos. A través de nuestra respiración. A través de los silencios entre nosotros. A través de las lágrimas que pudieron caer y la sonrisa que a veces aparecía por sí sola después.

Todo formaba parte de ello.

La fuerza y la vulnerabilidad.

La alegría y la tristeza.

La luz y aquello que aún dolía.

El aferrarse y el soltar.

Todo encontró su lugar en el círculo.

Y ese es quizás uno de los mayores regalos que podemos hacernos unas a otras como mujeres: un espacio en el que no tengamos que «arreglarnos», en el que no tengamos que competir y en el que nadie nos diga lo que debemos sentir. Un espacio en el que podamos mostrarnos tal y como somos en ese momento y en el que podamos reconocernos a nosotras mismas en los ojos de otra mujer.

Siento una profunda gratitud por poder acompañar estos procesos y ser testigo de lo que cada mujer descubre en su interior. Cada mujer se lleva algo diferente de este mismo círculo, porque cada alma, cada cuerpo y cada historia de vida tiene su propio camino.

Por eso, nuestro viaje no termina cuando el círculo llega a su fin.

La integración comienza precisamente después.

Cuando te laves las manos en los próximos días, siente por un momento el agua. Cuando te duches, tómate tu tiempo. Cuando bebas un vaso de agua, mantén la atención en el momento. Cuando oigas la lluvia o mires el mar, recuerda este encuentro.

Quizá quieras poner una mano sobre tu vientre y otra sobre tu corazón.

Respira.

Y recuérdate a ti misma:

Honro el agua en la que comenzó mi vida física. Honro mis orígenes. Reconozco a las mujeres que me precedieron. Acojo sus vidas, pero no tengo por qué cargar con todas sus cargas. Elijo lo que quiero dejar fluir hoy. Dejo ir lo que ya no me sirve. Elijo la dulzura sin perder mi fuerza. Confío en mi propio flujo. Acojo la vida. Me veo a mí misma en la otra mujer y la honro sin menospreciarme. Me doy permiso para empezar de nuevo y renacer cada vez más en la mujer que realmente quiero ser.

El agua fluye. El agua se mueve. El agua suaviza. El agua encuentra un camino una y otra vez.

Y hoy hemos podido recordar juntas que nosotras también llevamos ese movimiento en nuestro interior.

De todo corazón, doy las gracias a cada una de las mujeres que han estado presentes hoy. Gracias por vuestra confianza. Por vuestra franqueza. Por vuestras lágrimas y vuestras sonrisas. Por vuestra fuerza y vuestra vulnerabilidad. Por lo que se ha expresado y por lo que solo se ha podido sentir en silencio.

Gracias a las mujeres que nos precedieron.

Gracias a la tierra y a sus elementos.

Y gracias, agua, por haber podido estar hoy en el centro de nuestro círculo como espejo de nuestro origen, nuestra conexión y nuestra capacidad constante de fluir, recordar y renacer.

Hoy no solo éramos mujeres que se reunían.

Hoy éramos un círculo.

Un recuerdo.

Un espejo para las demás.

Y, por un instante, pudimos sentir: lo que fluye a través de ti también me conmueve a mí. Lo que honramos juntas ya no tiene por qué caer en el olvido.

Desde ahí seguimos adelante.

Cada una por su propio camino, pero ya no del todo solas.