Cada día es un nuevo día.
Un nuevo día para poner los pies en la tierra.
Para volver a respirar.
Para estar un rato en silencio.
Quizá medite.
Quizá no.
Quizá simplemente toque una flor.
Siento el suelo bajo mis pies.
Miro al cielo.
O miro a los ojos de un animal y siento esa mirada tierna.
Sin palabras.
Solo confianza.
Solo estar juntos un momento.
Quizá eso ya sea suficiente.
A veces olvidamos lo sencilla que puede ser la vida.
No estamos aquí solo para comprenderlo todo, resolverlo todo o hacerlo todo bien.
También estamos aquí para vivir.
Para sentir.
Para descubrir.
Para reír.
Para cantar.
Para bailar.
Para jugar.
Como un niño.
Un niño no siempre pregunta si puede bailar.
Baila.
No pregunta si canta lo suficientemente bien.
Canta.
Ve una flor y quiere tocarla.
Ve el agua y quiere meter los pies en ella.
Siente el viento y abre los brazos.
Quizá podamos volver a recordar esa parte de nosotros mismos.
Nuestros pies en la tierra.
Nuestras manos libres.
Nuestro corazón abierto.
Y, poco a poco, soltar lo que nos pesa.
Viejos pensamientos.
Viejos miedos.
Cosas en las que alguna vez llegamos a creer y que quizá ya no nos pertenecen.
No hace falta deshacerse de todo hoy.
Hoy solo tengo que dar un paso.
Y quizá algo me conmueva por el camino.
Un árbol.
Una flor.
Un animal.
Una mirada.
La lluvia en mi cara.
El sol en mi piel.
Y, de repente, siento algo en lo más profundo de mi ser.
Como si la vida me dijera en voz baja:
Mira… estás aquí.
Entonces todo se vuelve un poco más tranquilo.
Y, al mismo tiempo, más bonito.
También lo que es difícil forma parte de mi camino. No porque todo lo que ocurra tenga que ser bueno o fácil, sino porque puedo elegir qué hago con ello y qué aprendo de ello.
No tengo por qué empujar siempre la vida hacia adelante.
A veces también puedo dejar que la vida venga hacia mí.
Puedo experimentar.
Puedo caer.
Puedo volver a levantarme.
Puedo cambiar.
Puedo empezar de nuevo.
Y en eso asumo mi responsabilidad.
Porque lo que digo, lo que hago y lo que le doy a los demás deja una huella.
Por eso quiero vivir, en la medida de lo posible, desde mi corazón.
Con ternura.
Con respeto.
Con amor.
No de forma perfecta.
Simplemente, de verdad.
Y quizá ese sea el milagro de la vida:
que cada mañana podamos empezar de nuevo.
Con los dos pies en la tierra.
Con asombro en la mirada.
Con un corazón que aún es capaz de sentir.
Y con ese niño pequeño que hay en nosotros y que susurra:
Vamos…
vamos a jugar un ratito más.
