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Honrar el agua: un viaje de recuerdo y renacimiento

Siento una enorme gratitud por lo que hoy hemos podido vivir juntas. Gratitud por el agua, por la naturaleza, por nuestro cuerpo y por todas las mujeres que estuvieron presentes. Agradecida por la confianza con la que cada mujer se ha atrevido a enfrentarse a su propio proceso, a sus sentimientos y a sus reflexiones.

Para mí, esa es la belleza de un círculo de mujeres: nos reunimos, nos apoyamos y nos sostenemos unas a otras, pero, al mismo tiempo, cada mujer se adentra en su propio mundo interior. Hoy hemos podido hacerlo a través del elemento agua.

Hemos dejado que el agua se acercara a nosotras. No solo la hemos utilizado, sino que la hemos sentido conscientemente, la hemos honrado y valorado. A partir de ese encuentro, hemos podido volver a una capa muy primigenia de nuestra existencia: la conciencia de que, ya en el útero, estábamos rodeadas de líquido amniótico. Nuestra primera agua.

Cuando lo contemplamos desde una perspectiva espiritual, surge un hermoso entramado de significados. El agua puede recordarnos lo que es ser recibidas y acunadas, la suavidad y el movimiento, la entrega y la confianza. Al mismo tiempo, puede hacernos sentir dónde nos hemos aferrado, dónde hemos empezado a protegernos, dónde la vida se ha vuelto pesada y dónde quizá hayamos olvidado que también existe un camino más suave.

Quizá sea precisamente por eso por lo que el reconocimiento es tan importante. Lo que se reconoce y se ve, ya no tiene por qué permanecer oculto. No tenemos que cambiar nuestra historia. Podemos reconocer lo que ha sido, darle un lugar y, desde la conciencia del presente, sentir qué queremos seguir llevando con nosotros y qué podemos soltar con amor.

También nuestra línea ancestral puede ocupar simbólicamente un lugar en este proceso. La vida que hemos recibido no comenzó con nosotros. Detrás de nosotros hay generaciones de personas a través de las cuales la vida ha llegado finalmente hasta nosotros. Podemos inclinarnos ante ello y estar agradecidos, sin tener que cargar con todo.

Reconozco de dónde vengo. Doy las gracias por la vida que me ha llegado. Honro a quienes me precedieron. Lo que es de vosotros, lo dejo con respeto en vuestras manos. Lo que es mío, lo acepto con amor. Y a partir de aquí me doy permiso para vivir mi propia vida.

Ahí es donde, para mí, comienza el renacimiento. No negando quiénes hemos sido, sino tomando conciencia de quiénes somos hoy y en quiénes queremos convertirnos.

Los elementos naturales pueden ser maravillosos espejos en este proceso. La tierra nos recuerda el arraigo y la solidez; el agua, el fluir y la suavidad; el aire, la respiración y el espacio; y el fuego, la fuerza vital y la transformación. Hoy ha sido el agua la que ha podido acercarse a nosotras, tocarnos y hacernos recordar algo.

Estoy profundamente agradecida por poder acompañar este proceso y ser testigo de las revelaciones que cada mujer descubre en su propio camino. No para determinar por alguien lo que debe sentir o qué significado debe tener su experiencia, sino para abrir un espacio en el que cada mujer pueda reconocer por sí misma lo que en su interior quiere ser visto, sentido, honrado, liberado o renacer.

Quizá por eso podamos aprovechar cada encuentro con el agua en los próximos días como un pequeño momento de conciencia. Cuando te laves las manos, siente el agua. Cuando te duches, tómate un momento para ralentizar el ritmo. Cuando bebas un vaso de agua, mantén la atención en el presente. Cuando oigas la lluvia o mires el mar, recuérdate a ti misma que tú también formas parte de la naturaleza viva.

De vez en cuando, pon la mano sobre tu vientre o sobre tu corazón, respira con calma y siente lo que se mueve en tu interior. Y, si te apetece, puedes decir en tu interior:

Rindo homenaje al agua en la que comenzó mi vida física. Honro mi origen sin quedarme atada a él. Reconozco lo que ha sido. Recibo lo que me nutre y dejo ir lo que ya no me sirve. Elijo la suavidad sin perder mi fuerza. Confío en mi propia corriente. Me doy permiso para recibir, para empezar de nuevo y para renacer en la mujer que hoy elijo ser.

El agua fluye, el agua se mueve y el agua siempre encuentra un camino. Que sigamos recordándolo. Que no solo honremos el agua que está fuera de nosotras, sino que también la reconozcamos como un símbolo de ese movimiento profundo y primigenio de la vida que ha estado presente desde nuestro primer comienzo.

Con todo mi corazón, doy las gracias a cada mujer que hoy ha formado parte de este círculo. Gracias por vuestra confianza, vuestra apertura y vuestra disposición a sentir. Y gracias, agua, por habernos hecho recordar una vez más nuestro origen, la suavidad, el fluir, la confianza y la posibilidad de renacer una y otra vez.