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Los recuerdos, el cuerpo y el poder de la presencia

Un recuerdo es mucho más que un pensamiento, una imagen o algo que creemos saber. Un recuerdo puede ser una experiencia viva que se manifiesta no solo en nuestra mente, sino también en todo nuestro cuerpo.

Imagina un limón. Un limón bonito, maduro y amarillo que cuelga de un árbol. Ves las ramas, las hojas y quizá incluso la luz del sol que incide sobre el fruto. Recoges el limón, lo cortas por la mitad y ves cómo sale el zumo. A continuación, imaginas que le das un mordisco.

¿Qué ocurre?

Quizá tu boca empiece a producir saliva de inmediato. Sientes el sabor ácido, aunque en realidad no haya ningún limón presente.

Tu cuerpo reacciona ante algo que solo tiene lugar en tu mente.

Así es como también pueden funcionar los recuerdos.

Cuando nos viene a la mente un recuerdo de un acontecimiento alegre, podemos sentir de repente calidez, amor o alegría. Quizás se nos dibuje una sonrisa en la cara sin que nos demos cuenta.

Pero lo mismo ocurre con los recuerdos difíciles o dolorosos. Una voz concreta, un olor, una mirada o una situación pueden despertar algo en nuestro interior. Nuestro corazón empieza a latir más rápido, nuestra respiración cambia o nuestro cuerpo se tensa, incluso cuando en ese momento no existe ningún peligro real.

El cuerpo no solo reacciona a lo que está sucediendo ahora, sino a veces también a lo que ocurrió en el pasado y aún permanece en nosotros.

La conexión entre el recuerdo y las circunstancias

A menudo, los recuerdos no surgen sin más. Puede producirse una cierta correspondencia, una especie de resonancia interior, entre lo que llevamos dentro y las circunstancias en las que nos encontramos.

Un olor puede transportarnos de repente a nuestra infancia. Una pieza musical puede evocar un sentimiento de amor que no habíamos experimentado en años. Una determinada actitud o forma de hablar puede despertar un antiguo miedo, sin que comprendamos de inmediato por qué.

Es como si las circunstancias del momento actual abrieran una puerta a algo que ya estaba presente en nuestro interior.

Pero hay algo importante que debemos comprender: aunque una situación parezca repetirse, nunca es exactamente la misma.

Las personas pueden ser diferentes, el entorno puede haber cambiado y, sobre todo, nosotros mismos ya no somos exactamente quienes éramos entonces.

Por eso, un recuerdo antiguo no tiene por qué provocar automáticamente la misma reacción o el mismo comportamiento.

Mantener la presencia consciente

Cuando empezamos a reconocer lo que ocurre en nuestro interior, se crea un espacio.

Podemos sentir que nuestro cuerpo reacciona, sin tener que seguir inmediatamente esa reacción. Podemos experimentar un recuerdo sin dejarnos arrastrar por completo por él.

Eso no significa que debamos reprimir nuestros sentimientos o intentar controlarlos. Al contrario, permitimos que surja lo que surja, pero al mismo tiempo nos mantenemos conscientes del momento presente.

Quizá surja el miedo. Quizá la tristeza, la alegría o una sensación física intensa. No tenemos por qué buscarle una explicación de inmediato, convertirlo en una historia o actuar en consecuencia.

Podemos simplemente permanecer presentes, observar y sentir.

Y desde esa presencia surge la posibilidad de elegir conscientemente si actuamos o no.

Lo esencial no es controlar nuestros recuerdos, sino reconocerlos sin dejarnos dominar por ellos.

Porque lo que sentimos es real como experiencia, pero no significa necesariamente que lo que sentimos refleje también la realidad de este momento.

Como en el caso del limón: el sabor ácido parece estar presente, el cuerpo reacciona, pero el limón en sí no está ahí.

Y quizá ahí radique precisamente una profunda comprensión:

Cuando empezamos a ver la diferencia entre lo que nuestro cuerpo recuerda y lo que realmente ocurre en el momento presente, surge la libertad.

La libertad de sentir sin quedarnos atrapados en el pasado. De permanecer presentes sin tener que comprenderlo todo. Y de poder afrontar cada nueva circunstancia como algo verdaderamente nuevo.